Desde la época de Aristóteles, en el siglo IV antes de nuestra era, pasando por la Edad Media y hasta el siglo XIX, las personas educadas, incluso los que hoy llamaríamos científicos, estaban convencidas de que los gusanos y los insectos provenían del polvo, los roedores nacían de granos húmedos y los pulgones de las plantas surgían del rocío. Esta idea de que los seres vivos pueden originarse de objetos sin vida, de la generación espontánea, fue muy difícil de demostrar y de contradecir ya que la experiencia demostraba que insectos u otros organismos aparecían en el barro o de la comida en descomposición.
El microscopio, invento del siglo XVII, reforzó la creencia en la teoría de generación espontánea, ya que reveló un mundo de organismos desconocidos pero se carecía de teorías que pudieran explicar lo que el instrumento permitía observar. Esto estimuló la imaginación de muchas personas, quienes encontraron nuevos argumentos a favor de la generación espontánea de organismos simples. Conocidas eran las recetas que circulaban en esa época para fabricar ratones: alcanzaba con poner ropa sucia y cáscaras de trigo para que a lo largo de 21 días aparecieran ratones. Algunos llegaron incluso a sostener que, bajo condiciones controladas, se podía crear un hombre a partir de un cadáver.
Pocos, en cambio, especularon en la dirección que hoy se acepta científicamente. Uno de ellos fue Antoni van Leeuwenhoek, un comerciante holandés autodidacta y aficionado a los microscopios. El fue uno de los primeros en sostener, en 1683, que moscas, hormigas y otros insectos no emergían del polvo, sino de pequeños huevos que se transformaban en larvas.

Antoni van Leeuwenhoek
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