En las décadas de 1950 a 1970 surgieron, de forma independiente pero paralela, varios movimientos que intentaban comprender el proceso de aprendizaje y que proponían concepciones novedosas para entenderlo.
Durante los años 1950, se procuró abordar el aprendizaje de manera multidisciplinaria. El nuevo enfoque, que amalgamó concepciones de la biología, la filosofía, las ciencias de la computación, la lingüística y la psicología del desarrollo, aportó una forma novedosa de entender y estudiar la génesis del conocimiento. Contrariamente a las concepciones conductistas, que proponían estudiar el aprendizaje como respuestas a estímulos, sugirió concebir el aprendizaje, no como un proceso lineal, sino como una actividad compleja.
Esa nueva visión trajo como consecuencia la necesidad de utilizar para su estudio otros métodos, en adición o en lugar de los que estaban en boga. Estos solían ser de preferencia cuantitativos y medían con exámenes el rendimiento de los alumnos. Uno de los grandes cambios fue la introducción de métodos cualitativos, que enriquecieron y complementaron la tradición anterior. Las nuevas perspectivas otorgaron importancia al medio social y cultural en que se produce el aprendizaje.
Otra de las innovaciones que resultaron de la nueva manera de concebir el aprendizaje fueron los museos interactivos de ciencia, una verdadera revolución comparados con el modelo clásico de museo, donde “se mira y no se toca” (si bien se debe reconocer que varios museos tradicionales habían incluido elementos interactivos en sus salas). Los nuevos museos participativos se basan en la idea de que la experimentación personal es un aspecto fundamental del aprendizaje. Para esto, proponen que los visitantes experimenten e interactúen con los materiales y objetos de manera totalmente libre.
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