Tradicionalmente, la cultura ha sido objeto de interés de la geografía, en particular a través del análisis de los denominados “paisajes culturales”, expresión de las formas de organización territorial propias de las distintas culturas. La referencia a la obra de Carl Sauer publicada entre las décadas de 1930 y 1950 (Gómez Mendoza y otros, 1994) es aquí ineludible. Pero es a partir de la década de 1980 cuando se instala un nuevo interés y una nueva forma de pensar las relaciones entre geografía y cultura:
En el Reino Unido, Peter Jackson y Denis Cosgrove lanzaron sendas llamadas a favor de un a “nueva” geografía cultural, capaz de recoger este concepto politizado de cultura, de dirigir la atención hacia aspectos de la vida social que no habían sido tratados hasta entonces por la geografía (género, sexualidad, identidad) y de reconceptualizar las ideas de paisaje y de lugar, en el sentido de ser consideradas más que simples artefactos materiales o contenedores sobre los que se desarrolla la acción social. Esta “nueva geografía cultural”, con un cariz político, crítico y comprometido, pretendería evidenciar que la cultura no es sólo una construcción social que se expresa territorialmente, sino que la cultura está, en sí misma, constituida espacialmente. (Nogué y Albet, 2004: 163)
La revitalización de la geografía cultural se inscribe, en gran medida, en el contexto del posmodernismo y en el énfasis que, en estas posturas, se otorga a lo particular, a lo múltiple y diferente, por oposición a las grandes narrativas (una de ellas, como ya hemos visto, es la científica). Frente al tradicional énfasis puesto en cuestiones estructurales y consideradas universales (por ejemplo la lógica de la organización económica, o del Estado y la nación) en la geografía, esta orientación de estudios culturales trata de rescatar aquello que había quedado subsumido o no considerado en estas grandes narrativas y procura echar luz sobre ello, en la conciencia no sólo de su importancia social, sino también de que son indispensables para comprender acabadamente los mecanismos a través de los cuales dichas cuestiones estructurales se realizan y especifican.
Quizás sea conveniente presentar aquí el concepto de lugar, no sólo por la centralidad que tiene en esta perspectiva, sino también porque puede servir para aclarar lo anterior. En su acepción tradicional, y bastante obvia, el lugar remite a un punto concreto de la superficie terrestre, identificable por un nombre y una posición determinados. Esta noción se ha visto enriquecida, en las últimas décadas, por múltiples aportes que han ido sumando sentidos, para otorgar al concepto de lugar una gran riqueza y especificidad. Por una parte, y tal como ya hemos comentado en la sección sobre geografía económica, la existencia de lugares que poseen especificidades propias es un motor de la economía capitalista, en la medida en que dichas especificidades forman parte de los procesos productivos y permiten obtener beneficios diferenciales respecto de los que se obtendrían en otro lugar; Massey (1984) utilizó el término “localidad” para referirse a esta dimensión del lugar, advirtiendo acerca de que su estudio es ineludible para comprender la lógica general del espacio capitalista (¡y del propio capitalismo!).
Por otra parte, y tal como hemos visto en la sección sobre política, el ámbito local ha venido siendo privilegiado como ámbito relevante, vinculado esto con la crítica al tradicional énfasis en el Estado, con el rescate de las prácticas a nivel comunitario y las ideologías que colocan positividad en estas, y también con las posturas posmodernas que privilegian lo particular y los fragmentos por encima de lo general y la totalidad. Asimismo, el que estas posturas enfaticen también en la consideración de las identidades, ha permitido rescatar y articular en el concepto de lugar toda la tradición de estudios humanistas en geografía que habían ya trabajado en torno a las “identidades del lugar” y los sentidos de pertenencia o “sentido de lugar”, es decir las dimensiones más subjetivas vinculadas al mismo.
Así, el lugar se convierte en un concepto central, en la medida en que permite abordar un ámbito concreto del espacio geográfico, considerando en forma conjunta y articulada sus dimensiones materiales, simbólicas y subjetivas (Agnew, s/f; una discusión más amplia sobre este concepto puede encontrarse en Barros, 2000).
El interés por estos temas se encuadra también en las tendencias de la globalización, que no es sólo económica. La noción de “compresión o achicamiento del mundo” que la acompaña remite al hecho de que tenemos noticias acerca de lo que sucede en todo el mundo prácticamente al tiempo que ello acontece, lo que facilita el contacto cultural y el conocimiento de otras culturas; también y al mismo tiempo, pautas de producción y consumo se difunden y comparten cada día más. Todo esto lleva a tendencias hacia la homogeneización cultural y a la pérdida de las diferencias y especificidades culturales, que han sido ampliamente señaladas y denunciadas.
Frente a esto, diversos estudios han advertido que esta homogeneización cultural está produciendo, al mismo tiempo, nuevas formas de diferenciación, destacando las formas en que las pautas homogéneas son reprocesadas por los distintos grupos (sociales, étnicos, culturales) en los distintos lugares. Y esto reafirma la importancia del estudio de los lugares, pues es en estos donde se pueden captar estas diferencias. Más aún, diversos autores han enfatizado también en la potencialidad que las especificidades de los lugares tienen para contrarrestar las tendencias globalizadoras, ya sea oponiéndose a ellas o dándoles nuevos sentidos, y en cómo desde aquí puede construirse una “conciencia global” alternativa a la dominante (Santos, 1996a, b). (Nuevamente vemos aquí abordajes que requieren trabajar con la articulación de escalas.)
Ministerio de Educación de la Nación Argentina