Los rasgos esenciales de la radiografía geopolítica de nuestros días son la heterogeneidad, el contraste y la simultaneidad de escalas, así como la alternancia entre unos espacios perfectamente delimitados sobre el territorio y otros de carácter más difuso y de límites imprecisos.
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La geopolítica contemporánea se caracteriza por una caótica coexistencia de espacios absolutamente controlados y de territorios planificados, al lado de nuevas tierras incógnitas que funcionan con una lógica interna propia, al margen del sistema al que teóricamente pertenecen. Los narcotraficantes colombianos o del sudeste asiático, los señores de la guerra subsaharianos, las tribus urbanas, las mafias rusas o las masas de refugiados se nos aparecen como nuevos agentes sociales creadores de nuevas regiones, con unos límites imprecisos y cambiantes, difíciles de percibir y aún más de cartografiar, pero enormemente atractivas desde el punto de vista intelectual. (Romero y Nogué, 2004: 103)
Hemos elegido los párrafos precedentes para iniciar esta sección pues entendemos que expresan con claridad la diversidad de temas y la envergadura de los desafíos que la realidad actual plantea a la geografía política. Se trata, sin dudas, de una realidad muy diferente de la que marcó la consolidación de esta temática en la disciplina, temática que, podríamos decir, se estructura en torno a las relaciones entre espacio geográfico y poder.
En el primer módulo hemos expuesto la centralidad que la dimensión política tuvo en el pensamiento ratzeliano, y es posible afirmar que, de modos más o menos explícitos, este fue dominante por muchas décadas para tratar estos temas. La geografía centró su atención en una unidad política, el Estado, cuya condición de resultado de procesos sociales concretos no fue ni presentada ni discutida, lo que produjo una visión esencialista del mismo. El núcleo de interés estuvo puesto, en gran medida, en el territorio, que compartió los rasgos precitados, al tiempo que sus cualidades fueron vistas como atributos del Estado y, más aún, de la nación (esto es, se cualificó a la nación a partir de los atributos del territorio). El concierto internacional fue, para esta geografía, un ámbito en el que sólo importaban o “jugaban” los estados. Y los niveles subestatales fueron muy descuidados, en muchos casos reemplazados por las regiones en cuya definición y caracterización la dimensión política tenía escasa presencia. Difícilmente esta matriz de interpretación pueda dar cuenta de hechos y procesos como los que Romero y Nogué reconocen en el mundo actual.Sin embargo, debe señalarse que la geografía política se ha transformado profundamente en los últimos años, renovando temáticas y enfoques. Avances importantes se han realizado en la revisión de las relaciones entre Estado, territorio e identidad (Nogué Font y Vicente Ruti, 2001), mostrando los roles que la geografía –especialmente la geografía escolar– ha cumplido en esto (Escolar, Quintero Palacios y Reboratti, 1994). El interés por las cuestiones vinculadas con la identidad coincide también con un renacimiento de la cuestión nacional y los reclamos de autonomías y reconocimiento de las llamadas minorías, que han puesto en cuestionamiento la relación lineal entre Estado y nación, obligando a revisar la forma de abordar el tema, en especial en su relación con el territorio.
El Estado y su territorio no han dejado de tener importancia, como es lógico. Pero junto a él se han consolidado otras instituciones y otros niveles de interés, como los subestatales y locales. Los procesos de integración obligan a considerar nuevas unidades político-territoriales (tales como la Unión Europea o el Mercosur), al tiempo que la articulación con la escala global (y sus instituciones) se hace más presente y compleja. En estas cuestiones, avances importantes se han realizado también en la consideración de las articulaciones entre todos estos niveles escalares (Taylor, 1994), permitiendo superar el tratamiento en compartimientos estancos.
También el concepto de territorio se ha visto “rejuvenecido”. Por una parte, los aportes realizados para revisar su carácter social han permitido no sólo comprender mejor su génesis a lo largo de la historia, sino también sus funciones sociales (Sack, 1986). El vínculo del territorio con la noción de territorialidad, esto es las acciones humanas de ejercicio de poder vehiculizadas a través del control territorial, han llevado a que el concepto resulte de utilidad para abordar cuestiones más amplias que las relacionadas con los territorios políticos (Sack, 1983). Territorios vinculados con la nacionalidad no estatal, territorios “alternativos”, de la prostitución o de “tribus urbanas”, son temas que han aprovechado la matriz conceptual subyacente al territorio como un espacio que ha sido apropiado por un grupo que, mediante esta acción, ejerce algún tipo de poder social.
Las cuestiones vinculadas con los límites y fronteras, centrales en el tratamiento tradicional del territorio, que los abordó fundamentalmente como ámbitos de separación y distinción, mantienen hoy su centralidad, aunque en gran medida resignificados como ámbitos de intercambio e integración, en particular las fronteras, que ofrecen particulares oportunidades a lo nuevo (Nogue Font y Vicente Ruti, 2001). A esto han contribuido, también, los procesos de integración y la globalización, que han dado nuevas funciones y sentidos a estos ámbitos.
Las relaciones entre política y territorio, y en particular las cuestiones relativas a la representación política y el voto, también han cobrado nuevo impulso, destacando el rol de las bases territoriales de la representación, y su importancia en el juego político (Taylor, 1994).
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