El auge de la geografía, que estuvo implícito en el incremento del número de sociedades geográficas, o en su difusión como contenido escolar, dio lugar a un complejo proceso de definición de sus contenidos, asociado a la reflexión acerca de qué era la geografía. Diversos factores influyeron también en este proceso. Por una parte, si bien el rótulo de geográfico se aplicaba en general a temas vinculados con las características de la superficie terrestre (y a los individuos que a ellos se dedicaban), la creciente especialización fue llevando a la constitución de ramas del saber que se independizaban (geología, meteorología), vaciando de contenido a dicha geografía, que dejaba de tener un objeto de conocimiento propio.
En el marco de la consolidación y sistematización del positivismo, que tendrá lugar en la segunda mitad del siglo XIX, dar una respuesta acerca de cuál era el objeto de la geografía resultaba una necesidad imperiosa, en especial a partir de la publicación de la obra de Augusto Comte en 1844, que impuso la definición y clasificación de las ciencias según su objeto de estudio. Las respuestas dadas por Humboldt y Ritter serían de escasa ayuda en esta búsqueda. En el caso del primero, se orientaban fundamentalmente al orden físico o natural y, como tales, estaban siendo apropiadas por las diversas ramas de conocimiento especializado que se constituían en forma independiente de la geografía. En el caso del segundo sucedía algo similar en lo relativo al conocimiento del orden natural; en cambio, cuando se incorporaba el conocimiento de lo humano, las explicaciones ritterianas vinculadas con un finalismo teológico y con el idealismo (la “coherencia del todo”) eran claramente inaceptables para el modelo positivista. Sin objeto propio y con métodos no aceptados como científicos, la geografía enfrenta una situación de incertidumbre que, sin embargo, coincide con su institucionalización y auge social.
Esta situación de incertidumbre respecto de su condición de ciencia será superada con la asunción del evolucionismo, que dará fundamento a la definición de un objeto propio para la geografía: la relación entre el hombre y el medio. Esta definición permitirá superar la “explosión” de la geografía y el creciente divorcio entre las ciencias de la Tierra y del hombre, dando nuevos fundamentos a un viejo tema de interés central y recurrente en la geografía, como es el de la influencia del medio en los seres vivos en general, y en particular en los hombres.
La comprensión de los fenómenos de la superficie terrestre pasará a ser abordada como resultado de procesos de interacción entre las condiciones específicas que la misma presenta en cada lugar y los seres vivos que se adaptan a ella. Y esto será válido también para los seres humanos: las diferencias de la humanidad, esas mismas diferencias que las exploraciones estaban documentando tan acabadamente, pasan a ser interpretadas como resultado de la incidencia de los factores naturales, diferentes en cada lugar. El énfasis puesto en esta relación y, en este sentido, más aún de la influencia del medio sobre los hombres, dará lugar a lo que conocemos como determinismo geográfico; con más precisión, cabe decir que el evolucionismo dará un fundamento conceptual a nociones de determinación natural que, como ya hemos señalado, estuvieron presentes en distintos momentos de la historia.
La geografía se consolidará, así, como una disciplina con un objeto propio: la relación hombre-medio, cuyo abordaje puede realizarse a través del método positivista. Ambas cuestiones –objeto propio y metodología científica– le aseguran un lugar entre las ciencias. También adquirirá el carácter de conocimiento útil para sociedades embarcadas en procesos de definición estatal y expansión colonial: el discurso determinista dará una explicación –y una justificación– “científica” a la dominación de otros pueblos. En qué medida estas cuestiones atravesaron también a la geografía escolar es un tema que, si bien será tratado en el último Módulo, conviene señalar ya aquí.
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