“Los individuos entran a escena” sería una expresión útil para introducir estas perspectivas geográficas. En efecto, y más allá de la extrema diversidad de propuestas que se engloban bajo el rótulo de humanismos geográficos, todas ellas comparten el hecho de poner énfasis en los individuos y en los factores subjetivos asociados a ellos. Se trata de perspectivas antropocéntricas, esto es que colocan a los individuos en el núcleo de interés. Buscan un enfoque holístico de la realidad, evitando las fragmentaciones temáticas mediante la centralidad de la experiencia humana (García Ramón, 1985).
Un antecedente importante lo constituye la denominada geografía de la percepción, inscripta originalmente en el marco cuantitativo, que buscó dar cuenta de aquellos aspectos que no podían ser entendidos mediante la indagación de la racionalidad dominante, a través de la captación de los aspectos vinculados con la percepción subjetiva de los individuos. Por ejemplo, ya en la década del sesenta se realizaron estudios que permitieron captar los valores subjetivos que los habitantes otorgaban a ciertos lugares de sus ciudades, lo que permitía explicar los “desvíos” que el precio del suelo mostraba respecto del comportamiento esperado según los modelos de costo-distancia. Otro tanto sucede con la percepción de riesgos, fuertemente condicionada por valores culturales, que desvía el comportamiento de las personas de los parámetros “racionales” esperables.
Basadas en perspectivas fenomenológicas y existencialistas, estas miradas geográficas pondrán énfasis en la subjetividad, cuestionando la existencia de un mundo objetivo independiente de la existencia del hombre. La experiencia es la base del conocimiento, y por lo tanto la experiencia individual debe ser considerada. Específicamente, en geografía interesa la relación entre la experiencia y la dimensión espacial, que se plasmará en conceptos tales como el de mundo vivido, que remite a la conjunción de hechos y valores que abarca la experiencia cotidiana personal, o el de lugar, entendido aquí como un espacio concreto cargado de significado para el ser humano, que está unido a él por una vinculación afectiva o emocional.
En algunos casos, estas perspectivas se proponen como complementarias de otras, procurando un entendimiento más acabado del objeto de estudio. Es el caso, por ejemplo, de los trabajos que plantean la consideración de dimensiones ideológicas o subjetivas en articulación con las estructurales, para comprender una determinada forma de organización espacial. Se reconoce así que, si bien un determinado espacio puede estar organizado en función de las lógicas dominantes (por ejemplo, la capitalista) el mismo es también un lugar cargado de significados para los individuos que lo habitan; todo junto, se especifica en ese lugar y le otorga peculiaridad.
En otros casos, las dimensiones subjetivas cobran absoluta centralidad, dejando de lado la consideración de las estructuras. El hombre pasa a ser el núcleo de estas indagaciones, interesadas en comprender sus acciones a partir de como él mismo las entiende y valora, contribuyendo con esto a que se comprenda a sí mismo.
La distinción entre sujeto y objeto, al igual que las pretensiones de objetividad y neutralidad, pierden gran parte de su sentido en estas perspectivas. La búsqueda de explicación es reemplazada por la comprensión. Las metodologías participativas son privilegiadas, en tanto permiten una mayor proximidad y compromiso. Y los objetos de indagación se multiplican: literatura, films y representaciones (pinturas, mapas, etc.) son fuentes para comprender el valor del espacio y poder comprender, a través de esto, sus características.
Ministerio de Educación de la Nación Argentina