Con el nombre de geografías radicales se menciona un conjunto de perspectivas geográficas caracterizadas, en términos generales, por su posición de compromiso con la transformación social y sus aspiraciones de convertir a la geografía en un instrumento para dicha transformación. Estas perspectivas se consolidan entre finales de la década de 1960 y la de 1970 en los medios académicos de los países desarrollados de Europa y América del Norte. Coincide con un contexto de efervescencia y contestación social, del que el Mayo francés, de 1968, es un hito por todos conocido.
Las razones que llevan al surgimiento y consolidación de este movimiento son heterogéneas pero, más allá de estas diferencias, las críticas al orden socioeconómico imperante son el telón de fondo que permite considerarlas en conjunto. Por una parte, el reconocimiento de que las expectativas positivas instaladas tras el fin de la Segunda Guerra Mundial no se habían cumplido en términos del mejoramiento de las condiciones de vida de la población mundial, siendo que por el contrario las diferencias se habían acentuado, lleva a una actitud de crítica y desencanto respecto del modelo de desarrollo dominante; la constatación de las enormes desigualdades en el consumo entre ricos y pobres, sean países o grupos sociales dentro de los mismos países ricos, está en la base de esto. Por otra parte, las críticas al conocimiento científico estarán a la orden del día, en tanto se denuncia su carácter funcional al sistema y las nefastas consecuencias de sus desarrollos (carrera nuclear, problemas ambientales, etc.); también se denunciará su pretendida neutralidad como un mecanismo claramente ideológico.
El movimiento tuvo características disímiles en el mundo anglosajón, particularmente Estados Unidos, y en el contexto europeo, centralmente Francia, por lo que es conveniente tratarlos en forma separada. La geografía radical anglosajona se organizó fundamentalmente en torno a la crítica a la geografía cuantitativa (New Geography), y tuvo entre sus principales actores a muchos de los geógrafos que habían tenido roles destacados en ella. Así por ejemplo, el propio David Harvey denunciará a principios de la década del setenta que la geografía cuantitativa ha producido resultados poco interesantes, y que el uso de técnicas estadísticas ha llevado a decir cada vez menos cosas sobre cuestiones cada vez más irrelevantes. El énfasis en los métodos que esa postura había sostenido es ahora denunciado, tanto por el carácter naturalizante que su matriz positivista conllevaba, como por haber desviado o bloqueado las posibilidades de reflexión epistemológica y conceptual. Se denunciarán también las pretensiones de neutralidad de estas posturas, indicando que no sólo ella no existe, sino que por detrás de su asunción se esconden valores implícitos que son asumidos acríticamente.
El movimiento coincide también con la difusión de la tradición de estudios marxistas en el contexto norteamericano, que había estado bloqueada en el contexto de la Guerra Fría; en este sentido, se producirán fuertes debates y notables aportes teóricos a partir del rescate de la larga tradición de estudios sociales que, partiendo de la obra de Marx, se había desarrollado hasta el momento sin que la geografía tomase contacto con ella (por ejemplo los resultados de la labor llevada a cabo por los miembros de la Escuela de Frankfurt). La geografía radical toma con esto el carácter de geografía “de izquierda”, de base marxista, que debe estar comprometida con el cambio social, e intervenir activamente en su consecución.
La revista Antipode. A Radical Journal of Geography, que comienza a publicarse en 1969 con la responsabilidad editorial de Richard Peet, será el principal medio de difusión de estas nuevas propuestas. La realización de las denominadas “expediciones geográficas”, por ejemplo a los barrios pobres que en algunos casos rodeaban a los campus universitarios estadounidenses, también cobrará importancia como forma de articular el mundo académico con la sociedad en general y los pobres en especial, involucrándose en sus problemas y necesidades. El asesoramiento a movimientos ciudadanos o políticos es otra forma de intervención que concita el interés de estos geógrafos.
La geografía radical es una geografía eminentemente social, en la medida en que la organización espacial será vista como producto de los procesos sociales y, específicamente, del modo de producción capitalista. Para comprender esta organización social, por lo tanto, ya no sirven ni su mera descripción (a la manera de la geografía regional tradicional) ni el descubrimiento y formalización de su morfología (a la manera del análisis locacional del cuantitativismo). Se requiere ahora centrar la mirada en los procesos sociales, pues el espacio, y específicamente su organización, es el resultado de los mismos.
Nuevos temas serán privilegiados por esta perspectiva, como por ejemplo los vinculados a la pobreza y el subdesarrollo, la marginación de las minorías, las condiciones de vida urbana o la violencia y los conflictos sociales. Otros temas serán revisados y planteados desde el nuevo enfoque, como es el caso de los guetos étnicos en las ciudades norteamericanas, tema que había concitado gran interés en el cuantitativismo (por ejemplo mediante el desarrollo de modelos para prever las tendencias de su expansión espacial), vistos ahora como consecuencia de un determinado modelo de organización social que explica su presencia y sus tendencias de cambio. En general, los temas urbanos tuvieron una gran presencia en esta perspectiva.
En Francia, la revista que cumplió un papel central en este movimiento fue Herodote, que comenzó a publicarse a mediados de los años setenta por iniciativa de Ives Lacoste, un conocido geógrafo francés con una larga tradición de estudios regionales. En esta revista, por ejemplo, tuvo lugar el rescate de un viejo geógrafo como Elisée Reclus, que había sido olvidado por la geografía académica.
La geografía radical francesa centró sus críticas en el carácter “supuestamente” ingenuo e irrelevante de la geografía regional, y en particular en su relación con la formación de profesores y el contenido escolar. En su libro Geografía, un arma para la guerra, Ives Lacoste denunció a esta geografía de los profesores como una “cortina de humo” que, instalando en la formación básica destinada a toda la población la idea de una geografía memorística e irrelevante, ocultaba los verdaderos alcances del saber geográfico. Estos alcances sí eran valorados, en cambio, por lo que él denomina la geografía “de los estados mayores”, esto es, por los grupos de poder que estaban en condiciones de valorar y utilizar en función de sus intereses el conocimiento pretendidamente “neutro o ingenuo” del trabajo regional, dando ejemplos de que efectivamente así lo hacían.
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