Entre los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del XX tomarán fuerza posturas reacias o críticas al positivismo, en particular respecto de su utilización o pertinencia para el estudio de los fenómenos humanos, que serán englobadas bajo el rótulo de historicismo.
Por una parte, comenzará a rechazarse la cientificidad positivista, que coloca a las ciencias naturales como modelo, reconociéndose en cambio la especificidad de las ciencias humanas y abriendo paso a la consideración de una antinomia entre historia y naturaleza. Por otra parte, se pondrá en duda el objetivo de formular leyes para los fenómenos sociales, reconociéndose el carácter contingente que los caracteriza; en lugar de buscar explicaciones causales, se propone alcanzar la comprensión de los hechos. También la objetividad que rige la relación entre sujeto que conoce y objeto conocido es puesta en cuestión, en la medida en que quien conoce los hechos sociales está inmerso en ellos, y por lo tanto la distancia entre ellos es, cuando menos, ilusoria. Las generalizaciones propias del evolucionismo aplicado a lo social también serán puestas en cuestión, en la medida en que resulta cada vez más evidente la imposibilidad de acomodar la información que la investigación etnográfica aporta sobre distintos pueblos en una línea evolutiva lineal; en lugar de esto, la indagación se orientará hacia la comprensión de cada sociedad, de su funcionamiento (esto se conocerá en antropología como funcionalismo). Y esto mismo se aplicará también al conocimiento geográfico, en el que los postulados deterministas no logran superar las formulaciones vagas y simplistas, sin alcanzar las pretendidas leyes que expliquen de modo universal y necesario estas relaciones.
El historicismo rescatará la dualidad que Kant ya había establecido entre naturaleza y espíritu, afirmándose que así como la primera es el reino de lo necesario, la historia es el reino de la libertad. Las ciencias que se ocupan del estudio de cada una de ellas, necesariamente, deben ser diferentes. Las ciencias humanas o del espíritu parten de reconocer que la característica básica de la humanidad es la historicidad de los procesos, los cuales acontecen en forma intencional y están atravesados por valores: en ellas la neutralidad es ilusoria. Y la especificidad de este conocimiento admitirá también otros métodos que no son el positivista: la intuición, la sensibilidad o el conocimiento empático (contacto directo y total con el objeto que se quiere observar, netamente sensible), son aceptados como vías o caminos válidos hacia el conocimiento.
Como consecuencia de todo esto, el interés se irá desplazando desde la búsqueda de lo regular y repetible (pasible de formularse en leyes) hacia la consideración de los hechos singulares, cuyas características particulares serán objeto de comprensión en lo que tienen de único y particular. En geografía, estas perspectivas darán lugar al paulatino abandono de las pretensiones de comprender regularidades, para centrarse en el estudio específico de porciones de la superficie terrestre, las regiones.
Es habitual reconocer dos grandes escuelas de geografía regional, la francesa en torno a la figura de Paul Vidal de La Blache, y la alemana en torno a Alfred Hettner, cuyos planteos serán continuados y profundizados, ya cerca de la mitad del siglo XX, por Richard Hartshorne, en Estados Unidos.
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