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El positivismo

Si bien se reconocen diversos antecedentes del positivismo, asociado fundamentalmente a lo empírico, será en la segunda mitad del siglo XIX que el mismo se consolida como un método científico pero también como una concepción filosófica del mundo. El positivismo puede definirse, en términos generales, como una postura filosófica de oposición al idealismo y rechazo de la metafísica, basada en la creencia en los hechos o realidades concretas accesibles a través de los sentidos. Acompaña el proceso de secularización y también el industrialismo, y sustenta nociones fundantes del orden social del momento, como las de orden y progreso.

La obra de Augusto Comte, Discours sur l’esprit positif, publicada en 1844, sistematiza las características del positivismo del siglo XIX. En ella se establece un sistema de conocimiento basado en tres aspectos básicos:

Como método científico, el positivismo establece un conjunto de premisas o reglas básicas:

Como método científico, el positivismo tuvo un enorme potencial, en la medida en que permitió profundizar la producción de conocimientos sobre la naturaleza, posibilitando su manipulación y uso. El énfasis puesto en la observación de lo real y la renuncia al idealismo y a los juicios de valor, además, fueron funcionales a un orden social ya establecido, que no estaba interesado en reflexionar sobre sí mismo sino en conocer mejor su funcionamiento, obteniendo con esto recursos o herramientas de todo tipo que contribuyeran a su consolidación.