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Nuevos "apocalípticos e integrados"

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Una nube de ilusiones acompaña el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación en general y de internet en particular. Las consecuencias sociales de las innovaciones tecnológicas computacionales e informáticas vinculadas con el campo de la información producen variadas utopías y confusas preceptivas de orden cultural. La comunidad de historiadores ha recibido con cierta displicencia dicho debate, pero luego de varios años algunas referencias indican a las claras su vigencia, como también su parecido con otros tratamientos provenientes de las ciencias sociales: aires de familia que se fundan en problemáticas ya largamente tratadas especialmente por la historia cultural, y que pueden resumirse, un tanto forzadamente, en el antagonismo entre “apocalípticos” e “integrados”. En efecto, en 1965 Umberto Eco configuró las distintas posiciones intelectuales frente a la cultura de masas a partir de la dicotomía entre quienes consideraban el impacto de los medios de comunicación de masas y el avance de la industria cultural sobre los bienes culturales de manera negativa (los “apocalípticos”), y aquellos que veían tales desarrollos de manera optimista (los “integrados”).

Eco consideraba dicha disyuntiva como falsa y elemental, y propuso su superación como condición para poder analizar desprejuiciadamente los medios de comunicación de masas. Con sus estudios sobre los cómics, sobre la novela rosa, sobre los héroes del folletín y sobre la televisión, Eco se convirtió en un autor clave para avanzar en una teoría de los mass media, muy incipiente aún a mediados de los años sesenta, pero claramente más sofisticada que los dispares estudios sobre propaganda provenientes de los Estados Unidos, opacados por las derivaciones de la Guerra Fría. Treinta años después, las expresiones que demonizan o apologizan los usos de internet no han cesado de proliferar en los medios intelectuales.
Un ejemplo tajante lo conforman las expresiones de la historiadora americana Gertrude Himmelfarb, sostenidas hace unos años. Cuestionando las consecuencias de internet sobre el aprendizaje, Himmelfarb –que se consideraba en dicho artículo una neoludita1– decía:

La dificultad radica en que los estudiantes habituados a navegar en internet, para obtener la información que necesitan de manera fácil y rápida, para satisfacer su curiosidad con el mínimo de esfuerzo (y con el máximo de estimulación sensorial), a menudo no tienen la paciencia para pensar y estudiar a la manera clásica2.

El argumento de la reconocida historiadora no encuentra su explicación en la pereza de los estudiantes universitarios, sino que se apoya en la ambigüedad de la técnica y en la equívoca productividad de la tecnología. Himmelfarb, muy consciente de la relación de internet con los medios masivos de comunicación, en especial con la prensa escrita, y de la fuerza de cambio que esta última impuso en los albores de la modernidad, sostiene que internet no es el factor de cambio de esta época, pero sí un notable acelerador del posmodernismo, verdadero adversario de la historiadora3. Teniendo en cuenta esos elementos, la cita que presentamos aquí hace referencia a la oposición entre el silencio del studium moderno, el recogimiento monacal del lector erudito, y la avidez sensual y el fast thinking de los tiempos actuales. Se trata de un debate que instala a internet, o a los usos del medio, en otro de mayor envergadura en el que la lectura es el principal tema. ¿Qué puede leerse, por quiénes, y cómo debe hacerse? El problema es antiguo y, como algunos han comprendido tempranamente, invoca una fuerte discusión sobre la relación entre la cultura y la democracia.

Metáforas similares pero de signo contrario a las de Himmelfarb pueden hallarse en la intensa campaña que el historiador Robert Darnton llevó y lleva adelante en aras de promover la utilización de algunos servicios de internet como la Web y el e-book. Su perspectiva ha insistido en las bondades del libro electrónico en un contexto historiográfico marcado por los problemas de edición de las monografías (tiradas de 300 ejemplares que no son redituables), como así también en las virtudes de producir un “texto” en el que no sólo se fundamente a partir de la escritura, consciente del impacto que la escritura multimediática (que utiliza recursos sonoros, documentación iconográfica, videos, entre muchos otros) provocará en la narrativa histórica.

¿Cuál sería ese impacto? Una escritura menos lineal, una trazado de diversos caminos a través de los distintos hiperlinks, que derive, a partir del control del lector, en recorridos creativos y múltiples: por poner un ejemplo, podríamos comenzar leyendo un ensayo sobre comunidades campesinas, de allí saltar a sitios ligados al Ejército Zapatista de Liberación Nacional y de allí a textos del escritor inglés John Berger, quien se ha escrito con el subcomandante Marcos en repetidas ocasiones. O bien, a partir del mismo texto sobre campesinos, saltar a una página con una semblanza de Alexander Chayanov y de allí a un sitio con textos sobre la Revolución Rusa.

Darnton ha descripto la potencialidad del e-book en estos términos:

Un e-book, a diferencia del códex impreso, puede tener muchas capas, ordenadas en forma de pirámide. Los lectores pueden bajar el texto y la capa misma desde la capa superior, la cual puede estar escrita como una monografía ordinaria. Si les gusta, pueden imprimir la monografía (…) y estudiarla en el formato papel de su conveniencia. Si hay algo que les provoque especial interés pueden cliquear en una capa inferior para alcanzar un ensayo suplementario o un apéndice. Pueden continuar “descendiendo” a través del libro, a través de corpus documentales, bibliografía, historiografía, iconografía, música del período, todo lo que sea necesario para alcanzar el mayor entendimiento del tema tratado. Finalmente, los lectores pueden crear sus propios tópicos, en la medida en que pueden encontrar sus propios caminos a través del libro, leyendo horizontal, vertical o diagonalmente, aquello que los links le permitan alcanzar4.

Como director de la American Historical Association, una de las instituciones más instigantes en materia de historia e internet, Darnton impulsó el proyecto Gutenberg, que a diferencia del proyecto homónimo orientado a la publicación electrónica de libros clásicos (www.gutenberg.org) se propuso premiar con la edición y publicación las mejores monografías seleccionadas por un jurado de historiadores. Más que la simple impresión de un texto digitalizado, la propuesta pretende aprovechar las posibilidades multimediáticas de la red para permitir acceder a fuentes históricas digitalizadas, imágenes, ilustraciones y sonidos ligados a la temática estudiada. Las dificultades de la empresa, fundamentalmente vinculadas con sus costos, han puesto en suspenso las expectativas iniciales del sitio5.

Estos dos ejemplos de historiadores comprometidos con la problemática tratada nos sirven para identificar rápidamente tres de los problemas que enrarecen la relación entre historia y nuevas tecnologías.

  1. Por un lado, el sustancialismo con el que se suelen pensar ciertas técnicas y ciertos procedimientos vinculados a las nuevas tecnologías: tanto para Himmelfarb como para Darnton la existencia de internet dispara sobre las prácticas de los actores intervinientes efectos unilaterales e insalvables. La confianza de Darnton en las potencias revolucionarias del libro electrónico y el hiperlink y la advertencia de Himmelfarb –que por medio del provocador término “neoludita” pretende borrar sus raíces conservadoras– nos señalan un territorio confuso en el que se dan por sentados posibles efectos de lo virtual sin que se nos hable realmente de la recepción concreta y de los usos del medio de comunicación en cuestión. Tanto los que los festejan como los que cuestionan la proliferación de recursos online suponen efectos que no surgen del uso sino de la mera existencia del medio.

    La versión más acendrada de este procedimiento está inscripta en el término acuñado por algunos historiadores americanos para referirse a un tipo especial de relación entre la historia y las nuevas tecnologías, digital history. Con el término se pretende indicar “los procedimientos con los que los historiadores pueden usar las computadoras para hacer historia de modos que resultarían imposibles sin las máquinas”6. La propuesta casi intenta transformar un recurso técnico en una corriente de pensamiento. Por otro lado, la inflexión del adjetivo “digital” –que busca equiparar el neologismo a términos prestigiosos y ampliamente aceptados como “historia política” o “historia social”– revela cuánto de fetichismo persiste aún entre quienes alientan la incorporación de las nuevas tecnologías a la producción historiográfica, en la medida en que suponen que la mera existencia de las máquinas conlleva procedimientos analíticos hasta entonces desconocidos por el hombre. Sin embargo, el fetiche de signo contrario, que sedimenta una cercanía con el pasado junto con una lenta pero segura producción a partir de un modo de preguntar y reflexionar basado en el contacto con el documento escrito, con los papeles antiguos o con los repositorios de “ladrillo y cemento”, también ha hecho lo suyo en la escasa atención prestada a las nuevas herramientas de comunicación masiva.
  2. El segundo problema radica, precisamente, en la escasa y poco difundida producción sobre internet entre los cientistas sociales y los historiadores. Buena parte del sustancialismo que comentamos en el punto anterior obedece a esta segunda cuestión: tanto la historia como el funcionamiento de internet están más ligados a los contextos políticos y económicos en los que se inscriben que lo que sospechan los fideístas en las raíces democráticas de la red o los que demonizan al medio. Las falacias que ese debate implica han impedido un conocimiento mayor y la construcción de lo que podría denominarse una sociología de internet. Sólo muy recientemente la historia de internet o el análisis de sus usos a partir de estudios de caso han sido temas tratados en revistas de reconocida trayectoria7. Por otro lado, el dominio de los recursos disponibles y la creación de otros nuevos no ha sido un tema que haya impactado con firmeza en los planes de estudios de las carreras de historia. Y aunque el deseo de los promotores de la digital history de imponer el currículo del mañana, plagado de interactividad y trabajo colectivo, nos parezca más imaginativo que estrictamente necesario –en la medida en que el programa que vincula tecnología e historia no viene a subsanar ninguna de las crisis que se debaten en la profesión–, la concepción que se desprende del uso meramente ilustrativo o, en el mejor de los casos, suplementario de la internet en los claustros universitarios nos obliga a preguntarnos si en realidad la pretensión de los digitales no nos permitiría escapar del sendero que de la ignorancia conduce a las fantasías celestiales o infernales.
  3. El tercer problema lleva las cosas aún más lejos. Tal como Himmelfarb advirtió en el texto al que hicimos referencia más arriba, existen problemas que remarcan la continuidad entre medios de comunicación como internet y otros más viejos y conocidos, como la prensa escrita y la comunicación audiovisual en general. El limitado impacto de la historia del libro y la dificultosa relación entre la historiografía y el tratamiento de imágenes e imágenes en movimiento son aspectos a considerar en el problema que nos ocupa, dado que constituyen una cadena de comportamientos consolidados en lo que respecta a la vinculación de historia y tecnologías. En ese sentido, el conocimiento de internet es obviamente aún más difícil, y las conclusiones sobre la relación entre internet e historia a las que se arriba, más lábiles.
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