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La historia recreada en los textos

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Desde la creación del sistema educativo, los “libros de lectura” destinados a los escolares de la educación primaria tuvieron un papel fundamental en la construcción de la memoria nacional. Pequeños textos, con pocas páginas de historia, supusieron, sin embargo, un lugar de memoria para millones de niños que los leyeron como un catecismo laico. Uno de los más difundidos fue El Nene, de Andrés Ferreyra, egresado de una de las primeras escuelas normales e inspector general del Consejo Nacional de Educación. Publicado en 1898, este libro de lectura tenía la particularidad de entrelazar la historia nacional con la historia familiar narrada por un abuelo, con el afecto de un mayor y con palabras propias del mundo de los niños (Braslavsky, 1994).

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El Nene constituyó el punto de partida para una nueva generación de libros de lectura, que se diferenció de los catecismos laicos organizados sobre la base de preguntas y respuestas con los que se estudiaba en aquel entonces. Según Linares (1999), esta camada de libros definió parámetros de perdurabilidad que pautaron la producción hasta fines de los 60: la palabra como eje organizador y la imagen como sostén propio del método sensoempirista; contenidos orientados a temas nacionales; escritura próxima a la oralidad; regulación amplia del Estado y discurso textual dirigido hacia un público lector ampliado, esto es, el “ciudadano urbano moderno”.

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En esta generación de libros se destaca también, por su amplia repercusión, El libro del escolar, de Pablo Pizzurno (1901), que contaba con unas pocas páginas de historia nacional y con un amplio despliegue de lecturas sobre el mundo contemporáneo acompañadas de un abanico de fotografías y dibujos (Braslavsky, 1994).


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También los pequeños libros de asignatura destinados a la educación elemental cumplieron el anhelo de inculcar en esta Argentina de campañas, pueblos, diversidades lingüísticas y culturales, la idea de la nación y, al mismo tiempo, suscitaron la adhesión al régimen republicano. Llenos de alegorías, estos libros introdujeron en la historia nacional a los niños hijos de inmigrantes y de nativos y los acompañaron en un recorrido guiado por la idea de libertad-república, por las proezas de los héroes y por los símbolos patrios. El primero de ellos fue el Compendio de la historia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de Juana Manso, publicado en 1863 y ampliado en sus sucesivas reediciones. Considerando a la “historia patria” forjadora de la educación cívica, el libro de Juana Manso enfatizaba la idea de “República Argentina”. Esta tendencia se expresó luego no sólo en los textos redactados por los autores sino en la iconografía de la república que llegó tempranamente desde Francia al Río de la Plata (Burucúa, Jaúregui, Malosetti, y Munilla, 1990) y que colmó las páginas de los libros de historia, trayendo incluso en su tapa el símbolo de la joven Libertad-República con su gorro frigio emergiendo desde las tierras pampeanas.

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En tiempos en que la historia se afirmaba como ciencia, algunos historiadores profesionales incursionaron en la producción de textos escolares. Entre ellos, se destaca la Historia Argentina de los niños en cuadros, de Carlos Imhoff y Ricardo Levene (1910) y, especialmente, por su prolongada vigencia, las Lecciones de Historia Argentina de Ricardo Levene (1912), destinado a la escuela media. Este libro tuvo prolongada incidencia en la educación: fue usado en algunas instituciones hasta hace tres décadas y contó con más de veinte ediciones hasta 1959, año de fallecimiento del autor. Las Lecciones de Historia Argentina fueron publicadas por la Editorial Lajouane hasta 1958, las reeditó la Editorial de Belgrano en 1978 y en una versión revisada de su hijo Ricardo Levene (h) fue publicada por la editorial Corregidor en 1992. Ricardo Levene fue profesor de la Universidad de La Plata y de la Universidad de Buenos Aires, presidente de la Academia Nacional de la Historia y director de la Historia de la Nación Argentina. La “nueva escuela histórica” representó durante décadas a la historia académica y profesional, siendo el mencionado texto escolar de más de cuatrocientas cincuenta páginas el que la hizo masiva entre las jóvenes generaciones que se sucedieron como lectores.

Durante el peronismo, en un contexto de expansión del sistema educativo —creció notablemente la matrícula en el nivel inicial, primario, medio y superior—, se registraron algunos cambios en los textos. En particular, los libros de lectura o los “manuales” que se publicaron desde fines de la década del treinta para la educación primaria introdujeron fuertes marcas vinculadas al régimen de gobierno (Plotkin, 1993). En ellos se enaltecía la figura de Perón y se glorificaban sus obras. Por otra parte, en 1952 La razón de mi vida fue convertida en texto de lectura obligatoria (Cucuzza, Pineau, 2002). Así, otra versión del presente resignificó el pasado: algunas figuras desaparecieron del panteón nacional y otras se incorporaron o fueron exaltadas. Continuando con la tendencia de “santificar” a figuras militares iniciada ya en los treinta, los textos para la escuela primaria del período peronista exaltaron particularmente la figura de San Martín como héroe patrio, siendo el aniversario de los cien años de su muerte ocasión para justificar la edificación de toda una pedagogía sanmartiniana. Pedagogía que con la posterior “desperonización” de los textos no fue abandonada.

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