Una serie de cambios socioculturales que suceden en los siglos XIV-XV son decisivos en los cambios que se producen en la reflexión lingüística posmedieval.
Particularmente importantes son el desplazamiento de los feudos y el surgimiento de los estados nacionales que acompañan la expansión de la alfabetización en las clases altas. De este modo, las lenguas nacionales ganan prestigio y el latín empieza a perder terreno como lengua de la cultura. En ese panorama aparece la primera Gramática de la lengua castellana (1492) de Antonio de Nebrija. De este modo, Nebrija le otorga al castellano, una lengua vernácula, el mismo rango epistemológico que al latín; además de objeto de estudio, el castellano proporciona las herramientas metalingüísticas de descripción. Ambas situaciones habían sido impensables durante la Edad Media.
No parece casual que la Gramática de Nebrija haya aparecido el mismo año en el que Colón descubrió América y en el que, simultáneamente, se decretó la expulsión de judíos y moros de España, dos pruebas fehacientes de la unificación de la España cristiana alrededor del matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Esa unificación llevó, a su vez, a la uniformización y posterior expansión del reino por medio de la religión y de la lengua. Todas estas variables sociopolíticas aparecen explícita o implícitamente en el prólogo de la misma Gramática, que está dedicada a la reina Isabel.
Independientemente de la perspectiva política, la fama de la Gramática de Nebrija se justifica desde el punto de vista lingüístico no sólo por su condición de primera gramática de la lengua. Nebrija era un latinista políglota, lo que se advierte en la comparación de las características gramaticales del castellano con las de otras lenguas (latín, griego, hebreo, árabe, francés, etc.). Sin embargo, su Gramática de la lengua castellana se aparta innovadoramente del modelo medieval en varios puntos, y hace hincapié en las particularidades de nuestra lengua. Entre otras acertadas observaciones empíricas, que se retoman aún hoy en día, Nebrija rescata el valor de las preposiciones en el sistema castellano, en contraposición a la función de los casos en latín; reconoce la importancia del artículo en la gramática castellana; señala la oposición contable/no contable en la marcación de plural en los nombres; reconoce una única voz flexiva (la activa, en oposición a la pasiva y la media) y las diversas funciones sintácticas que cumple el pronombre se, inexistente en latín; establece la oposición entre verbos transitivos e intransitivos, una oposición que en latín, por el sistema de casos, es superflua (López García, 1995).
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