La enseñanza de la literatura fue hasta fines del siglo XIX, tanto en Europa como en América, una disciplina relacionada, fundamentalmente, con el estudio de la lengua a través de sus máximas expresiones. Concebidas como un modelo del buen uso, las obras literarias, llamadas justamente belles lettres, son un paradigma de cómo se debía actuar desde la escritura sobre la lengua. De ahí que existiera una asignatura cuyo nombre, “Literatura preceptiva”, supone el dictado de preceptos, mandatos lingüísticos, y dictamina cuál es el modo correcto de tratar la materia verbal con la que se construye. Por esta razón, la retórica dominó desde un principio en la didáctica de la literatura. Esta tejne de la persuasión verbal, constituida por estructuras fijas del discurso y por figuras, siguió ocupando un lugar central de la enseñanza literaria, mientras que en la literatura hacía ya casi medio siglo que se la había abandonado como paradigma estético. Por ello, el desplazamiento de la retórica a la historia de la literatura constituye un hecho fundamental a la hora de considerar cuáles son los objetos que fundan esta disciplina en la Argentina.
Dentro de la enseñanza de la literatura, si hasta ese momento la historia era uno de los géneros literarios –como puede observarse en el programa de Oyuela–, la relación empezó a invertirse, y la historia literaria empezó a imponerse como forma dominante[...] empezó a aparecer como una vía privilegiada para asumir estas tareas.
Pero fue probablemente de Francia de donde llegaron los vientos renovadores más potentes. Allí Gustave Lanson lideró un movimiento por reformar la enseñanza de la literatura, centrándose en la historia literaria, que era sólo un aspecto de la historia de la civilización. Teniendo como marco el predominio de las ciencias y la hegemonía de los historiadores positivistas de La Sorbonne, Lanson juzgó que la pregunta que debía orientar la enseñanza de la literatura era “¿cómo contribuyen los estudios literarios en la adquisición del espíritu científico?”. Para él, la literatura debía volverse objeto de un escrutinio “científico”1.
De esta manera, la utilización de la historia de la literatura en las clases de literatura implica un avance en la conformación de una disciplina didáctica sobre la literatura, que tiene como objetivo pensarla como una ciencia. A su vez, está claro que el abandono de la retórica en beneficio de la historia significa la necesidad de encontrar “recursos didácticos” que permitan desarrollar la materia de una forma mucho más comprensible para el alumno. Así, fue un instrumento fundamental a la hora de buscar una matriz disciplinaria para esta didáctica especial, ya que permitió salir del “buen gusto” preceptivo y encontrar objetos didácticos y métodos más objetivos para enseñar.
Pero no es la historia de la literatura el único género didáctico que ayuda a entramar la enseñanza de la literatura. Los manuales, libros de texto y antologías son géneros que surgen junto con la organización de la materia. Es más, el reformador Calixto Oyuela tiene publicada una serie de antologías ya en el año 1885.
Estos materiales didácticos tuvieron en sus inicios la finalidad de nacionalizar la enseñanza, de lograr acuerdos prácticos respecto de lo que se llevaría adelante dentro de las aulas de todo el país, de seleccionar y compilar materiales de difícil acceso bibliográfico. Esto aseguraba un control sobre qué se estudiaba y qué no se estudiaba en la escuela. Como dice Roland Barthes en su artículo “Reflexiones sobre un manual”: “están hechos de censuras que habría que inventariar”2.
Hoy, a más de un siglo de estas publicaciones, podemos decir que en la mayoría de los casos ya han cumplido un ciclo como legitimadores de la enseñanza de la literatura. A su vez, en términos de la reforma educativa de esta última década, las editoriales han concretado mucho más rápidamente que los espacios de capacitación los nuevos contenidos y, paradojalmente, en algunos casos se han constituido en la alternativa para su actualización. Esta actualización, sin embargo, no implica el abandono de antiguos saberes: el manual o el libro de texto poseen en general una lógica de la acumulación; no abandonan teorías ya envejecidas sino que las sostienen y agregan las más recientes.
1Dussel, Ines, Currículum, humanismo y democracia en la enseñanza media (1863-1920), Buenos Aires, Eudeba, 1997, pp. 44-45.
2Barthes, Roland, “Reflexiones sobre un manual”, en: El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidós, 1994, pp. 51-58.
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