Con el lanzamiento de su libro Primavera silenciosa, la bióloga estadounidense Rachel Louise Carson (1907-1964) marcó un momento de especial importancia en la toma de conciencia por la comunidad científica y la opinión pública sobre los peligros generados por la actividad humana en el entorno ambiental. A partir de la década de los setenta y hasta nuestros días van apareciendo datos que conforman una visión dramática sobre los cambios que se vienen observando en nuestra atmósfera, y el impacto real y potencial que tales alteraciones promueven. La comunidad química ha prestado atención a este relevante problema contemporáneo.
En la década de los setenta, científicos de la Universidad de California determinaron que los clorofluorcarbonos empleados en todo tipo de spray y como refrigerantes tienen potencial para destruir la capa de ozono. Y en efecto, en años recientes se ha confirmado el adelgazamiento de la capa de ozono en diferentes latitudes del planeta. Este adelgazamiento ocasiona un aumento de los niveles de la radiación ultravioleta que penetra en la atmósfera, y que puede ser responsable del incremento de la frecuencia del cáncer de la piel observada, la disminución del plancton marino y los cambios climáticos. La importancia concedida a estos problemas por la comunidad científica se expresa en el premio Nobel concedido de forma compartida a Sherwood, Molina y al químico holandés Paul Crutzen (1933-) en 1995. Este último había predicho que el óxido de nitroso podría ser responsable de la destrucción del ozono estratosférico, participando en una reacción en cadena.
A este problema se suma el peligroso deterioro causado por las lluvias ácidas que afectan diversas regiones. El origen de las lluvias ácidas está directamente relacionado con la actividad industrial. Las investigaciones realizadas en los glaciares de Groenlandia demuestran que hace unos 500 años el pH oscilaba entre 6 y 7. Hace aproximadamente 190 años se produce un descenso notable de este pH que se sitúa entre 5,8 y 6,0, lo que coincide con la revolución industrial y un aumento considerable en la combustión de diferentes carbones. Hacia 1955 el promedio del pH de la lluvia se desplaza hacia 5,6, lo que coincide con el aumento de la actividad industrial en el mundo desarrollado de la postguerra.
Ya hacia los setenta el perfeccionamiento de los equipos alcanzaba una sensibilidad que permitía trabajar con masas de muestras del orden de una millonésima de gramo de contaminación ambiental.
Con la Primera Guerra Mundial se levantaron obstáculos para el progreso de los estudios fundamentales recién iniciados. Quedarían interrumpidos los intercambios científicos, detenidas las publicaciones, el campo de acción de las investigaciones desplazado a la práctica de la tecnología militar: “disparar” un mecanismo en cadena que generaría una enorme cantidad de energía. La pila atómica de Fermi es precursora de los reactores termonucleares para generar energía eléctrica. Una nueva fuente energética plantearía nuevos desafíos.
En 1951, bajo la supervisión de la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos se iniciaron las pruebas del funcionamiento de un reactor nuclear experimental instalado en una central eléctrica construida por los Laboratorios Nacionales Argonne, en Idaho. El reactor experimental produjo energía suficiente para poner en funcionamiento su propio sistema de puesta en marcha; como llegaría a ser común en todas las plantas de energía atómica, el calor del núcleo haría hervir agua y el vapor impulsaría una turbina.
En 1954, los soviéticos abrieron la primera planta nuclear civil. Dos años después, los británicos inauguraron la segunda planta industrial.
Pronto empezaron a funcionar centrales nucleares en todo el mundo. Pero las predicciones de un futuro impulsado por energía atómica resultaron poco realistas. Las centrales nucleares, caras de construir y de mantener, también resultan peligrosas por los residuos radiactivos y la posibilidad de accidentes catastróficos. Contrario al supuesto de los especialistas sobre la confiabilidad de los sistemas de seguridad de las plantas nucleares, varios accidentes ha conocido la humanidad a causa del error humano. La catástrofe de Chernobil, en Ucrania, conmocionó por su devastador impacto a toda la humanidad.
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