Los historiadores suelen denominar Ilustración al período que, más o menos, sigue al Renacimiento. También se da este nombre al movimiento intelectual europeo (y de sus colonias americanas) que alcanza su punto culminante en la segunda mitad del siglo XVIII. En el terreno de la teoría, la Ilustración apeló a una moral sin ambiciones totalizadoras, para lograr la felicidad mediante el progreso alcanzado a través de la educación.
En el campo de los avances de la tecnología se produce en Gran Bretaña la Revolución Industrial, que en un contexto socioeconómico favorable e impulsado decisivamente por la innovación de la máquina de vapor de Watt (1769) y el telar mecánico de Cartwright (1783), provoca una transformación renovadora de la industria siderúrgica y textil. Este crecimiento de la industria textil a su vez demanda el desarrollo de los tintes y acabados que abren el camino de la química industrial.
A partir de ahora se establece una creciente relación entre la tecnología y la ciencia, pero si al siglo pasado correspondió esencialmente la revolución de la mecánica, al siglo XVIII toca el cambio de paradigma en el ámbito de la química.
Si los químicos habían quedado un poco rezagados respecto de otras ciencias, como la física, no era porque fueran especialmente tontos o demasiado supersticiosos. Simplemente no disponían de las herramientas adecuadas para poder realizar sus investigaciones. En las otras ciencias no se requerían los instrumentos que necesitaban los químicos. La física, por ejemplo, se dedicaba al estudio de objetos que podían manipularse fácilmente, como esferas sobre un plano inclinado o un péndulo que oscilaba. Los químicos necesitaban, más que nada, una fuente de calor confiable y controlable y un instrumento para poder medir la temperatura en forma precisa. Deben imaginarse que si, en ese momento, la fuente de calor más utilizada era la fragua del herrero y que no era posible medir la temperatura, no puede pretenderse que las experiencias no fueran rústicas y elementales. Los químicos, incluso ya entrado el siglo XIX, debían recurrir a velas y lámparas de alcohol con varias mechas que pudieran prenderse en forma simultánea o individualmente para conseguir una fuente de calor controlable y realizar experimentos más complicados. Otros utilizaban espejos especiales para concentrar los rayos solares. En lo que se refiere a las mediciones precisas, el termómetro de alcohol fue inventado en 1709 y hubo que esperar hasta 1714 para el de mercurio, cuando Celsius desarrolló la escala de temperaturas que hoy lleva su nombre.
Todos estos factores permiten explicar por qué la química prácticamente no avanzó nada desde los experimentos de Robert Boyle, que alrededor de 1660 había sentado las bases para que la química pudiera convertirse en una ciencia. Las personas que realmente lograron que la química fuera una disciplina científica fueron los científicos de la época de la Revolución Industrial.
Ministerio de Educación de la Nación Argentina